Señor Presidente…

Señor Presidente…

No deje escapar la patria; si se pierde, no habrá para nosotros patria alternativa…

¿Dónde estamos ahora? ¿En el fondo… hacia el infierno? Bien — no caeremos y no perderemos más.

Por Ghada al-Murr

–Escritora y periodista libanesa–

Una carta del corazón en mi bolsillo, antes de que todos emprendamos el último viaje hacia el infierno, y hacia mendigar una patria en el porvenir. Las entradas no se devuelven ni se canjean y, lo más importante, no se postergan. Es un billete de ida sin retorno; si perdemos la patria y esta oportunidad de oro ahora, no hay patria alternativa… hacía falta la aclaración.

Señor Presidente…

Estamos vivos cuya muerte aún no ha sido proclamada.

¿Cómo le decimos que aquí, en tierra firme, nos estamos ahogando?… que no estamos bien, y que vivimos en el infierno desde siempre? ¿Cómo le decimos que nuestros corazones se han convertido en fragmentos de vidrio y lágrimas, y que fuimos nosotros quienes vimos cómo se desmoronaban en manos de otros por la intensidad del dolor y las decepciones repetidas, que no terminarán?

Señor Presidente…

En esta noche lúgubre, resistimos y nos mantuvimos firmes; nuestra revolución y nuestros sueños persistieron, y tantas veces gritamos y deseamos que vivieran y nos salvaran de este infierno. Siempre quisimos luchar en todos los frentes para salvar la patria.

Nadie escuchó nuestro llamado ni nuestro sufrimiento; nadie en el poder dormido y desatento —por no decir cómplice— reaccionó ante la tragedia de esta nación.

¿Ha visto cómo han desfigurado mi ciudad, las calles, los edificios y las vías? Es muy triste que nuestras ciudades, nuestras calles y nuestras rutas en las que vivimos y nos movemos ya no se parezcan a aquellas que siempre habitaron en nosotros, como estrellas en el cielo que se han apagado.

¿Le cuento del dolor de madres que despidieron a los amores de sus vidas que partieron en busca de un futuro y una vida digna? ¿Del hambre que duerme y habita tras los muros? ¿De miles de personas que piensan en emigrar después de haber perdido la fe en esta situación humillante y aborrecible? ¿Del cansancio y de los años de la gente que las mafias de este poder se tragaron, y de cómo sus sueños se evaporaron en el aire?

Señor Presidente…

¿Cómo, cómo le decimos al mar y a usted que aquí, en tierra firme, nos estamos ahogando y el asombro nos devora?

¿Cómo le decimos al cielo y a usted que aquí, en la tierra, luchamos, resistimos y nos apagamos, y aun así nos mantenemos estoicos para no caer? Para no llorar y sollozar por la magnitud de la catástrofe de esta patria?

Señor Presidente…

Estamos abandonados a nuestro destino; morimos cada día humillados y oprimidos a las puertas de los bancos, de los supermercados y de los hospitales; nos trituran las cuotas de las escuelas y las universidades; ¿y cómo, y cómo, y cómo…? La lista se alarga y no termina.

Nuestro destino es permanecer en este túnel oscuro, alejarnos como hilos de humo hacia el horizonte lejano, desaparecer al final y perdernos.

Señor Presidente…

Aquí está mi hogar… aquí está mi corazón… aquí mi familia… aquí mis recuerdos y mi alma… y aquí, aquí está mi patria, mi historia y mi familia… aquí mi infancia y el final de mi historia.

No me iré, no dejaré escapar mi corazón ni mi mano; no veré mis sentimientos convertirse en tristes recuerdos, ni permitiré que el silencio se convierta en la postura dominante y nuestros sueños en espejismos; ¿cómo, en un parpadeo, seremos extraños allí?

No partiré, porque esta es mi tierra. Firme en mi sitio, impregnada del olor de esta tierra, del café, de las flores de azahar y del jazmín, y yo sorbo mi café por la mañana en mi balcón en mi ciudad morena. Pertenesco aquí, a estas montañas y valles y a ese vasto espacio, a la sacralidad de este suelo y de estos lugares.

Señor Presidente…

No está solo; todo el mundo, el pueblo, el ejército, el gobierno, los habitantes del cielo y los santos están con usted, ¿qué espera?

No es demasiado tarde aún. Dirija la travesía hacia la orilla segura… déjeles el infierno a ellos; golpee con la espada de la verdad, la justicia y la soberanía.

Salve al Líbano, y sálvenos, o declare la verdad del fracaso y márchese.

Este mensaje mío es la última oportunidad, porque la vida no ofrece cartas de disculpa a nadie; parece que hizo todo lo que estuvo en su mano, pero lo que estuvo en su mano no fue suficiente.

Señor Presidente…

Usted proviene de la escuela militar y del seno del heroico ejército libanés; dé las órdenes y ponga en práctica las decisiones internacionales y recupere la patria secuestrada. Escriba las líneas restantes de la vida de las tribulaciones y de las estrepitosas decepciones; firme el desenlace: venza por el Líbano, su pueblo y su historia.

Detenga esta sangrienta representación y el espectáculo de subordinación, soborno y corrupción y la agenda extranjera. Restablezca la seguridad, imponga la ley y la justicia, aplique la Constitución, recupere la soberanía y ejecute las resoluciones internacionales y el juramento constitucional; recoja las armas y haga que su monopolio quede exclusivamente en manos del ejército y las fuerzas de seguridad, para expulsar a Israel de nuestra tierra y frenar las injerencias de Teherán, y para que el país recupere la decisión sobre la guerra, la paz y la seguridad en esta patria afligida por sus gobernantes y por la maldición de su situación geográfica.

Señor Presidente…

Lo que ocurrió ayer en la Roca de Raouche fue un escándalo estrepitoso; nos hundió a todos en un hoyo de traición a la patria.

Déjeles el infierno: la derrota y la debilidad, el caos y la transgresión de las leyes y de las decisiones gubernamentales e internacionales.

Venza por el Líbano, por el Beirut herido, porque la derrota, la muerte, el mal y la violencia no le quedan bien… Señor Presidente.

Compartir este artículo

Facebook X WhatsApp Telegram LinkedIn Reddit Email

Red de sitios