Los púlpitos de la Catedral de la ciudad de Buenos Aires

La Catedral de Buenos atesora -esa es la palabra adecuada- un valioso patrimonio artístico, comenzando por uno de los más importantes retablos de nuestro país del siglo XVIII, y también de la América española, obra del navarro Isidro Lorea que también hizo el de la iglesia de San Ignacio. Otro artista contemporáneo fue Juan Antonio Gaspar Hernández.

Hernández nació en Villanueva, en la provincia de Valladolid hacia 1750, y si bien se ignora cuando llegó a Buenos Aires, le alquilaba un cuarto al citado Lorea cerca de la iglesia de San Francisco en 1780. Probablemente haya trabajado primero en el taller de éste y luego se haya independizado.

Es el autor el villanuevense de los púlpitos de la Catedral Metropolitana y el antiguo órgano. Además se le atribuyen el altar de Santiago Apóstol y el de la Virgen de Covadonga en la iglesia de San Ignacio y otras obras en la Concepción, San Telmo, la Merced y el púlpito de la iglesia de Monserrat. También fue autor de algunas imágenes de bulto, entre ellas el ángel que corona el retablo de la Dolorosa en la catedral porteña. Fue profesor de la Escuela de Dibujo fundada por el Consulado, que se inauguró a instancias de Belgrano en 1799.­

Los pulpitos de la catedral de planta octogonal, con su tornavoz constituye una de las piezas más interesantes de nuestra historia, ya que desde ella se hicieron escuchar famosos oradores sagrados.

La reconquista de Buenos Aires dio motivo a algarabía y a los consiguientes oficios religiosos, así el 15, 16 y 17 de agosto se celebraron misas en acción de gracias, el 16 subió al púlpito el obispo don Benito de Lué y Riega y el 17 el fraile Francisco de Paula Castañeda de los recoletos de San Francisco, aquél de la santa furia como lo llamara Arturo Capdevila.­

Majestuosa fue la acción de gracias por la expulsión de los británicos, el 19 de julio de 1807. Pontificó el obispo y el doctor Joaquín Ruiz pronunció el sermón; “se pusieron dos orquestas de música, una en el coro por los cantores que a punto de solfa entonaban la misa”, y la otra “era la música del cuerpo de Patricios la que llevaba tres tambores y veinte y tantos músicos”.

Como correspondía no se olvidaban de los difuntos y en el funeral por los que murieron en defensa de la ciudad el 5 de julio, predicó el Pbro. Manuel Gregorio Alvarez, cura interino de la iglesia catedral. Por si fuera poco en la novena que había prometido el Cabildo al santo patrono, cuando concluyó el 27 de setiembre, predicó el canónigo Melchor Fernández.­

Los Voluntarios Patriotas de la Unión uno de los cuerpos creados después de las invasiones, bendijeron sus banderas en la Catedral el 24 de julio de 1808, oportunidad en que subió al púlpito el capellán de la unidad don Andrés Ramírez.­

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PRIMERA JUNTA­

­A raíz de la instalación de la Junta el 30 de mayo de 1810 el obispo Lué celebró el Tedeum, y subió al púlpito el doctor Diego Estanislao Zavaleta, tan ilustrado como patriota quien dijo: “No esperéis, que desde este lugar santo, os hable yo otro lenguaje que el de la verdad”. ­

La festividad de San Martín de Tours de 1811 tuvo como mucha solemnidad, ya que pontificó el obispo de Córdoba don Rodrigo Antonio de Orellana, que había salvado su vida en la conspiración de Liniers en aquella ciudad; y fue el obispo Lué quien hizo la predicación. La última fiesta que celebró, ya que en marzo del año siguiente falleció repentinamente, según algunos una dosis de veneno acabó con la vida del prelado.

Los muertos en el motín de las trenzas del 7 de diciembre de 1811, tuvieron también su misa de difuntos, mandada rezar por el Cabildo, donde el doctor José Valentín Gómez tuvo a su cargo la oración fúnebre.­

El canónigo Domingo Antonio de Achega, pronunció el sermón conmemorativo del tercer aniversario de la Revolución de Mayo, donde comenzó con esta cita de los Macabeos: “Así fue que todos unánimemente acordaron que de ningún modo pasase este día sin solemnidad y grandes muestras de alegría”.

En esa homilía el sacerdote dijo que “el glorioso aniversario de aquel memorable día, que la inmortal Buenos Aires con un golpe de energía propio de la razón y la Justicia recuperó para sí y todas las provincias de su mando los derechos más agrados del hombre y constituyó un gobierno provisorio que fuese el antemural de nuestra libertad”” Al año siguiente ocupó la cátedra sagrada el deán de la Catedral de Córdoba don Gregorio Funes, a quien la vida política lo tenía más en Buenos Aires que al frente del coro catedralicio.­

Volvió Castañeda a ocupar el púlpito el 25 de mayo de 1815 recordó que esa fecha es “el origen, principio y causa de nuestra absoluta independencia política, es un día será memorable y santo, que ha de amanecer cada año para perpetuar nuestras glorias”. Este lo hizo ante la negativa de otros sacerdotes temerosos de las consecuencias que les podía acarrear en un momento tan especial, pero nuestro fraile que si algo tenía era coraje contestó que aunque fuera en la punta de una lanza proclamaría sus convicciones cívicas, lo que hizo en presencia del director Alvarez Thomas. Y también lo hizo el 29 de noviembre de 1818 cuando la Hermandad del Santísimo Sacramento (hoy Archicofradía) recibió como Hermano Mayor al director Juan Martín de Pueyrredon.­

Fray Juan Esteban Soto de la Orden Franciscana fue el orador de la celebración de acción de gracias en el año de la independencia de 1816, dijo que “el 25 de mayo de 1810, fue el día de gloria para este continente”.

En setiembre con motivo de la jura de la Independencia, se celebró un Tedéum donde predicó el Pbro. Julián Navarro, capellán del Regimiento de Granaderos cuando su bautismo de fuego en San Lorenzo. Navarro de justa fama como orador por sus discursos patrios y oraciones fúnebres, instó al pueblo a la concordia.­

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LA INDEPENDENCIA­

­En 25 de mayo de 1817 el Congreso de Tucumán ya estaba instalado en Buenos Aires y ocupó el púlpito el canónigo Julián Segundo de Agüero. En esa oportunidad el Cabildo “estrenó unas mazas de plata; cuyos maceros iban vestidos de ropaje talar de damasco celeste, con un morrión de una hechura de gusto como también los trompetas, que iban vestidos de azul y blanco… en la iglesia estrenaron una alfombra de terciopelo verde bordada de oro y un cojín grande de la misma tela y bordado, se puso sobre el sitial del Supremo Director; todo lo que se gradúa su costo a la cantidad de cinco mil pesos, según sus magníficos bordados”.

El Tedeum del 25 de mayo de 1819, tuvo como predicador al canónigo Santiago Figueredo, natural de Montevideo.

No faltaron celebraciones con motivo de las victorias de Suipacha, Tucumán y Salta, por el fin de la conspiración de Alzaga, pero no hemos encontrado los sacerdotes que ocuparon la cátedra, solo referencias como `un dominicano”. Finalmente el 29 de julio de 1821 se celebraron en la Catedral los funerales por el general Manuel Belgrano, fallecido el año anterior, oportunidad en la que el Pbro. Valentín Gómez hizo el elogio fúnebre.

La época de Rivadavia se llama a silencio con sus reformas religiosas, pero finalicemos hace dos siglos.

Esas tallas de Juan Antonio Gaspar Hernández fueron la cátedra de fray Mamerto Esquiú en 1880, de monseñor Miguel De Andrea y las famosas conferencias de monseñor Gustavo Franceschi.

El Concilio Vaticano II, con sus reformas dejó fuera de uso los púlpitos, así desaparecieron obras de arte en numerosas iglesias, lo mismo que retablos, tallas, sillerías y otras maravillas.

Afortunadamente los de la Catedral se conservan, y en estos días la Semana Santa bien valió la pena recordarlos, para que quienes visiten la iglesia mayor de la ciudad los puedan contemplar con un mejor conocimiento.­

por Roberto L. Elissalde
Historiador. Vicepresidente de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación.

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