Tenía el hombre una hermosa casa en las Lomas de San Isidro. Frente a ella se extendía un patio pavimentado con ladrillos, rodeado por abundante vegetación. En medio del mismo lucía el brocal de un aljibe, construido en mármol y adornado por cabezas de león talladas en sus facetas. El brocal, en realidad, carecía del pozo correspondiente, estaba relleno de tierra y en la tierra crecían plantas florecidas.
Le llamó un día la atención al hombre que las hormigas que transitaban aquel patio concluyeran su tránsito al pie del brocal.
Pensó, con buena lógica, que bajo el brocal debía estar el hormiguero, pues las hormigas desaparecían allí llevando su carga de pequeños brotes y pétalos de flores.
Pero había algo que el hombre ignoraba y que, de haberlo sabido, le habría producido pánico.
Porque aquel hormiguero, que suponía de un tamaño similar a los demás hormigueros, conectaba con una enorme gruta que se extendía bajo el piso pavimentado del patio.
Dicha gruta se extendía bajo todo el patio, excediendo sus límites hasta desbordar bajo la calle que flanqueba la casa y ocupar buena parte de la parte inferior del edificio, entre sus cimientos.
La inmensa gruta bajaba hacia el centro de la tierra, de modo que la temperatura dentro de ella iba aumentando pues, como es sabido, el centro de la tierra alberga un núcleo incandescente donde hierve la lava y conecta con el conducto vertical que desemboca en el cráter de los volcanes.
Si conociera esa realidad povorosa, el hombre no dormiría tranquilo pues, como suele decirse, realmente se hallaba sentado sobre una bomba.
¡Cuántas cosas recataba el tránsito de las hormigas, que desaparecían bajo el brocal de mármol! En el fondo, quizá fuera mejor que el hombre ignorara esa realidad.
por Juan Luis Gallardo
