POR IGNACIO DI TULLIO
La empresa de mi amiga en realidad no existe porque su empresa es, en realidad, tan solo ella. Hace diez años buscó un nombre de fantasía, diseñó un logotipo y un membrete para los correos electrónicos que responde su alter ego, Alejandro, su empleado administrativo imaginario.
No contenta con idear un empleado, mi amiga fue más allá y le inventó una vida entera. Alejandro es joven y bien parecido. La foto de su perfil en su whatsapp (tomada de un banco de imágenes de Google) indica que por sus rasgos podría ser danés, suizo o alemán. Soltero, acaba de terminar la carrera de publicidad. Alejandro comparte algunos rasgos con mi amiga: es pragmático. A veces, también es confianzudo en el trato con sus clientas, cualidad que contrasta con la timidez de su jefa.
Vance Packard fue quizás el primer pensador estadounidense que investigó el sistema de consumo norteamericano y sus excesos, los efectos de la publicidad sobre la población y métodos psicológicos de los publicitarios tales como los mensajes subliminales. Una de sus obras más interesantes es The status seekers, que en español se publicó bajo el título Los buscadores de prestigio. La obra muestra la situación de millones de norteamericanos en una sociedad que se torna cada vez más rígida. Atrapados en estrechos compartimientos sociales, creen aún vivir en la tierra de la oportunidad, donde los más capaces alcanzarán la cúspide.
Esta falsa creencia forma parte del “credo americano” y es estimulado por anunciadores y “persuasores”. El ascenso social es sustituido por una angustiosa búsqueda de símbolos de status: el yacht, la educación, el barrio, las amistades. Se vale por lo que se tiene y se viven relaciones humanas desvalorizadas y, sin embargo -o por lo mismo-, sujetos a una permanente y aprensiva “tasación”.
En el fondo, es probable que mi amiga haya decidido darle el soplo vital a su empleado más como un divertimento que en procura de representación social. Al narrarme las peripecias de Alejandro, mi amiga se ríe. A mí la cosa no me produce gracia sino una secreta admiración. Mi amiga lo ignora, pero el nacimiento de Alejandro se debe en realidad a un impulso, obra de la ficción.
A pesar de que nadie nunca le vio la cara, Alejandro mantiene una caudalosa correspondencia con varios clientes de la empresa, que conocen en detalle su rendimiento en la facultad y algunas circunstancias de su vida personal como la película que ha visto el fin de semana o el destino de sus próximas vacaciones.
A menudo le recuerdo a mi amiga que tenga cuidado con su inventiva. No porque la mentira tenga patas cortas sino porque, tal como solía repetir Abelardo Castillo, escribir –imaginar un personaje y darle vida a un punto de vista- no es otra cosa que “el oficio de mentir”. Los escritores son artistas un poco corridos de ellos mismos porque están desdoblados en sus personajes, a quienes deben conocer mejor que nadie. Es probable que el Gólem que mi amigo ha creado para proteger su reputación un día de estos se le desboque y comience a hacer desmanes. Porque como decía un gran profesor de la escuela secundaria, “no hay nada más verdadero que la ficción”.
Quizás, mi amiga deba leer The people shapers, uno de los últimos libros de Packard. Su título en español es Los formadores de personas.
