✍️ Por: Dr. Abdelaziz Tarekji
“Periodista e investigador en derechos humanos”
En medio del bullicio cotidiano y los detalles que nos consumen a diario, a menudo olvidamos mirar detrás del telón… Allí, en las sombras, está un hombre que no busca aplausos ni espera reconocimiento, pero lo soporta todo en silencio. Ese hombre es el padre: la columna vertebral de la familia, la sombra sólida cuya ausencia lo cambia todo.
Ese hombre que solemos ver ocupado, callado o incluso molesto por detalles mínimos, no está distante ni frío… está inmerso en una preocupación constante. Revisa los grifos, apaga las luces, cierra el gas… No son simples rutinas: son señales de una mente que no descansa, de un sistema de protección que funciona incluso mientras todos duermen.
Cuando levanta la voz porque se cerró una puerta de golpe, no está gritando sin razón… está sufriendo. El ruido le golpea el corazón más que los oídos. Es su forma silenciosa de decir: “Estoy agotado… ¿alguien se da cuenta?”.
Y cuando repite los mismos consejos, no está dando discursos vacíos… está dejando huellas. Intenta quedarse con nosotros de alguna forma, dejar pedazos de sí en nuestra memoria, con la esperanza de que un día lo comprendamos… aunque sea tarde.
Es el primero en despertar y el último en dormir. Trabaja sin descanso, provee alimento, ropa, techo… y muchas veces no se queda con nada para él. Hay padres con buenos sueldos que aún usan zapatos viejos, ropa desgastada, y ni siquiera se compran un simple sándwich. Porque su mente no piensa en sí mismo, sino en quienes ama.
El padre es el único ser que desea con todo su corazón que sus hijos lo superen. Que tengan mejor educación, mejor vida, más oportunidades. ¿Cuántos padres analfabetos criaron médicos? ¿Cuántos pobres construyeron ingenieros? ¿Cuántas espaldas se encorvaron para que los hijos caminaran erguidos?
En el trabajo, aguanta humillaciones, estrés, maltrato… del jefe, de los compañeros, de los clientes. Pero no explota. Se traga todo. No porque sea débil, sino porque su corazón está atado a quienes lo esperan en casa.
Y aunque duerma, nunca descansa. Su mente sigue activa: la escuela, los gastos, la salud, el futuro de sus hijos, sus matrimonios, sus caminos… siempre está planeando cómo evitarles dolor, cómo alejarlos del peligro.
Y en medio de todo esto, oculta su tristeza. No quiere que lo veas sufrir. No desea que pierdas la sonrisa. Por eso envejece rápido. Por eso las enfermedades crónicas le llegan antes de tiempo. A veces la vida ni siquiera le da suficiente tiempo para cuidarse.
Sin embargo, basta con sentarte junto a él para sentir paz. Su presencia alivia. Sana. Fortalece. Estar cerca del padre es, sin duda, una terapia emocional, una recarga de alma.
Pero al hablar de todo esto, no podemos olvidar el otro corazón del hogar… la madre. La que nunca descansa, la que carga, cuida, ama y enseña. La madre es el refugio, el calor, la ternura que todo lo puede. No hay familia completa sin este equilibrio sagrado: un padre que protege, una madre que abraza, y hermanos que se aman.
La familia no es solo un grupo de personas bajo un mismo techo. Es una red de sacrificios compartidos, un vínculo profundo que se construye cada día.
Y a ti, lector… Si aún tienes a tu padre contigo, no esperes a perderlo para darte cuenta de su valor. No postergues tu agradecimiento. No escondas tu cariño. El remordimiento después de la pérdida no sirve de nada. Acércate a tu padre, a tu madre, a tus hermanos. La familia es una bendición… y cuando falta uno de sus pilares, el vacío es insoportable.
Que Dios tenga en su gloria a los padres que han partido, y conceda larga vida y dignidad a los que siguen con nosotros. Que nunca dejemos de honrar también a nuestras madres, pilares de ternura y fortaleza… Porque solo con ellos —padre, madre, hermanos unidos por el amor— el hogar es verdaderamente un refugio frente a cualquier tormenta.

