Por Nancy Lakiss
Hoy, el Líbano vive la etapa más peligrosa desde su fundación. Un país paralizado, una economía colapsada, un Estado incapaz y un pueblo que paga el precio de un proyecto que no lo representa. La causa ya no requiere investigación: la existencia de Hezbolá como arma fuera del Estado transformó al Líbano de una patria independiente en un campo abierto a la influencia iraní.
Todo el derrumbe financiero, toda la división política y todo el aislamiento árabe e internacional del Líbano parten de una sola realidad: la decisión nacional ya no está en Beirut, sino en Teherán. Hezbolá confiscó la decisión de guerra y paz, secuestró la política y la economía, controló la justicia e incluso las instituciones estatales se convirtieron en rehenes bajo su tutela.
Hoy, la amenaza israelí sobre el aeropuerto y los puertos no es más que una consecuencia directa del uso del Líbano por parte de Hezbolá como plataforma de misiles y campo de entrenamiento. Incluso el sur, que se supone debía ser la línea de defensa de la patria, se convirtió en carta de negociación sobre la mesa iraní. Mientras tanto, el ciudadano libanés se ha transformado en combustible para guerras que no le conciernen.
Lo más grave aún es que el partido destruyó la idea misma de Estado. En lugar de que el Estado sea la única referencia, surgió un Estado dentro del Estado: su ejército más fuerte que el ejército nacional, sus recursos más abundantes que los del tesoro, y su lealtad dirigida a un guía extranjero y no a los libaneses. ¿Qué resistencia es esta que mata a su propio pueblo de hambre, empuja a sus hijos a la emigración y los convierte en rehenes bajo sanciones y bloqueos?
El colapso económico que destruyó la libra libanesa y llevó a la quiebra a los bancos no puede separarse de las armas del partido. Las inversiones huyeron porque no hay un Estado que gobierne, el turismo murió porque no existe seguridad estable, y la ayuda internacional se detuvo porque el mundo no confía en un país sometido a la autoridad de una milicia.
Hoy, si no se rompe este proyecto, no habrá Estado ni salvación. El Líbano ya no soporta “arreglos” ni medias soluciones. La batalla ya no es entre gobierno y oposición, sino entre un proyecto de Estado y un proyecto de milicia.
Y la pregunta obvia que todo libanés debe plantearse es: ¿Aceptamos seguir siendo rehenes en manos de Hezbolá, o ha llegado la hora de decir con una sola voz: ninguna arma por encima del Estado… ninguna decisión por encima de la voluntad del pueblo?
