Por: Dr. Abdelaziz Tarekji
Periodista de investigación y especialista en derechos humanos
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En una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires llamada Alberti, una mujer enfrenta la noche sola — sin refugio, sin protección y sin una institución que le tienda la mano.
Lo más grave es que recibió comentarios racistas y humillantes por parte de algunos empleados de organizaciones dependientes del municipio, quienes le dijeron abiertamente: “Sos extranjera, no podemos ayudarte”, e incluso otros añadieron sin pudor: “Volvé a tu país”.
En una provincia donde las autoridades se enorgullecen de sus leyes para la protección del niño y la mujer, esas mismas normas caen en las veredas de Alberti como hojas secas sin alma: se interpretan según el ánimo del funcionario y se aplican según la filiación política, no según la justicia ni la humanidad.
Mientras una mujer era abandonada a su suerte a la intemperie, algunos medios argentinos se ocupaban de difundir la noticia de la muerte de “Dylan”, el perro del ex presidente Alberto Fernández, quien encabezó el Partido Justicialista (PJ), partido que aún hoy conserva influencia en muchas instituciones y municipios de la provincia de Buenos Aires.
Pero la paradoja no está en la muerte del perro, sino en la vida que se degrada cada día en Alberti.
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La gran paradoja: lealtad en su muerte… traición en sus vidas
Cuando falleció, el día de ayer, el perro “Dylan”, compañero del ex presidente Alberto Fernández, varios medios de comunicación se apresuraron a recordar su “lealtad humana” y su “simbolismo nacional”, como si se tratara de despedir a una parte de la historia.
Ese perro, que en vida recibió más cuidado que muchas familias enteras, se transformó tras su muerte en un símbolo mediático de fidelidad, mientras que, al otro lado de la escena, en Alberti, una mujer era despojada de su protección en nombre de la “libertad”, y quedaba bajo la lluvia y el frío, completamente sola y sin compasión alguna.
¿Qué clase de fidelidad se celebra hacia un animal presidencial, mientras se despoja de humanidad a una mujer de carne y hueso?
¿Acaso los valores en esta ciudad se miden por la cercanía al poder y no por la necesidad de justicia?
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La ley… cuando se interpreta en contra de la mujer
En Alberti, no solo cayó la justicia, sino también los principios destinados a proteger a la mujer.
La Oficina de la Mujer del municipio, supervisada por el Director de Políticas Sociales, Danilo Caputo, incumplió el espíritu de la Ley Nacional Nº 26.485, que garantiza la protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, al renunciar a su deber institucional de brindar refugio y asistencia urgente.
En lugar de ofrecer protección y apoyo, la oficina propuso una solución temporal e indignante: permitir que la mujer durmiera unas noches en el hospital y que por la mañana volviera a la calle — como si la dignidad se midiera en horas de sueño.
Lo que agrava la situación es que el funcionario responsable, Danilo Caputo, según documentos y testimonios disponibles, habría emitido informes administrativos erróneos y sesgados, que contribuyeron a la destrucción del núcleo familiar de la mujer y al deterioro de su situación social y legal.
Más tarde, ignoró completamente su caso, justificando su inacción con el argumento de que “no podía ayudar a conseguir un refugio”, mientras los fondos municipales se destinaban a asuntos triviales y denuncias sin sentido que terminan desintegrando familias en lugar de protegerlas.
Este comportamiento no solo constituye una falta administrativa grave, sino también una violación del principio de protección efectiva establecido en la Ley 26.485, que obliga al Estado y a sus instituciones a garantizar refugio y asistencia a las mujeres en situaciones de riesgo o vulnerabilidad social.
Así, el lema de “proteger a la mujer” en Alberti se convierte en una máscara administrativa que encubre la violencia institucional con silencio y omisión.
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La prensa… cuando elige callar ante la verdad
No resultó sorprendente que algunos medios locales de Alberti y sus alrededores ignoraran la historia de una mujer abandonada sin refugio, como si la tragedia careciera de valor noticioso por no tener brillo político ni rostro famoso.
Mientras noticias secundarias ocupaban los titulares, la historia de una persona que duerme a la intemperie no encontró espacio en las páginas ni en las pantallas, a pesar de que la Ley Nº 12.908 (Estatuto del Periodista Profesional) establece que el deber esencial del periodismo es transmitir la verdad con independencia y honestidad, en servicio del interés público y la dignidad humana.
Ignorar este tipo de hechos no solo implica la ausencia de cobertura, sino un incumplimiento ético y social, tal como lo señala también el Artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, que considera la libertad de prensa un derecho del pueblo a estar informado antes que un privilegio del periodista para escribir.
No todos los medios son iguales, pero el silencio ante el sufrimiento es otra forma de censura.
El periodismo, en su esencia, no es un lujo retórico ni una tribuna política, sino la conciencia viva de la sociedad, el espejo que debe reflejar el dolor antes que la celebración.
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Una responsabilidad que no prescribe
Lo ocurrido en Alberti no es un caso aislado ni un error administrativo circunstancial, sino una muestra de un fracaso institucional más profundo: el de aplicar las leyes que nacieron para proteger al ser humano, no solo para ser citadas.
Cuando una mujer queda sin refugio, cuando el municipio y sus dependencias sociales renuncian a su deber preventivo, y cuando los organismos de derechos humanos y los medios guardan silencio, la omisión deja de ser un descuido para convertirse en un problema ético y jurídico sobre el verdadero significado de la justicia social en la Argentina.
Las leyes, por más que se multipliquen en número y títulos, pierden su sentido si no se traducen en acciones que resguarden la dignidad.
El Artículo 1º de la Constitución Nacional, así como el Artículo 1 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, establecen que la dignidad humana es la base de todos los derechos y protecciones.
El silencio frente al sufrimiento de una mujer que enfrenta la calle sola no refleja falta de recursos, sino falta de voluntad y de responsabilidad institucional.
Y tal vez la paradoja más dolorosa sea que algunos medios dedicaron grandes titulares para despedir al perro de un ex presidente, pero no hallaron uno solo para narrar su tragedia.
Así, Alberti resume un dilema nacional más amplio: ¿acaso la compasión terminó archivada en los discursos, o fue privatizada dentro de los límites de las instituciones?