Por: Dr. Abdel Aziz Tarekji
Periodista de investigación e investigador de violaciones a los derechos humanos
El problema ya no es que los artículos serios no generen interacción…
El problema es que la trivialidad se ha convertido en el criterio, y que el esfuerzo intelectual ha pasado a ser tratado como una carga, no como un valor.
Nosotros—como periodistas e investigadores—pasamos horas, y a veces días, frente a las pantallas. Revisamos, verificamos, analizamos, traducimos, reescribimos, y luego publicamos un material que contiene pensamiento, postura y, quizás, riesgo profesional.
¿Y al final?
Unos pocos “me gusta” tímidos… silencio… o un desinterés total.
En cambio, una sola imagen—cuidadosamente diseñada para resaltar el cuerpo—es suficiente para obtener miles de interacciones en cuestión de minutos.
Sin investigación, sin contenido, sin mensaje… solo “exhibición”, y los algoritmos se encargan del resto.
Aquí no hablamos de coincidencia, sino de una profunda distorsión en la escala de valores.
Hemos entrado en una era en la que la imagen rápida es recompensada a costa de la idea, y donde se privilegia aquello que estimula el instinto sobre lo que activa la razón.
Lo más peligroso de este escenario es que este tipo de contenido ya no es marginal, sino que ha sido enmarcado y comercializado bajo denominaciones atractivas como: “influencers”, “creadores de contenido”, “libertad de expresión”.
Pero la pregunta fundamental es:
¿Qué contenido? ¿Y qué libertad?
Cuando una imagen semidesnuda se convierte en un camino garantizado hacia la visibilidad, y cuando el desnudo es redefinido como “audacia” y “derecho básico”, ya no estamos solo ante una distorsión del gusto… sino ante una peligrosa reconfiguración del propio concepto de libertad.
Esto ya no es un fenómeno individual, sino que está respaldado por un sistema completo de aplicaciones y plataformas que operan bajo etiquetas como “citas” y “socialización”, mientras que en su esencia promueven la exhibición del cuerpo por ser lo más rentable y atractivo.
Algoritmos que no comprenden el pensamiento, pero dominan la explotación del instinto.
Así, el usuario—especialmente la mujer—es empujado hacia una ecuación clara y silenciosa:
Cuanto más se acerca al desnudo… mayor es el alcance.
Cuanta más “audacia”… mayor es la interacción.
¿Y en cambio?
Cuanto más profundo es el contenido… menor es su difusión.
Es una ecuación invertida que premia la superficie y castiga la profundidad.
Seamos más claros:
No estamos ante “empoderamiento”, como se promueve, sino ante una forma de mercantilización suave y encubierta, donde el cuerpo se convierte en una herramienta de atracción, mientras las plataformas obtienen beneficios de este modelo.
¿El resultado más amplio?
La marginación del pensamiento, la exclusión de la palabra, y la redefinición del éxito en base a la “visibilidad” y no al “valor”.
Aquí el problema se conecta con su origen:
El periodista y el investigador producen conocimiento… pero el conocimiento no es recompensado.
Mientras tanto, el “contenido visual rápido”—aunque sea vacío o cuasi pornográfico—es impulsado hacia la primera línea.
Estamos ante una economía de la atención que solo reconoce aquello que mantiene los ojos abiertos, no la mente despierta.
Pero la responsabilidad no recae únicamente en las plataformas.
Existe un público—todos nosotros—que se ha convertido en parte de esta ecuación.
Cada “me gusta”, cada compartido, cada seguimiento… es un voto indirecto sobre lo que queremos que prevalezca.
Y cuando premiamos la trivialidad, contribuimos—sin darnos cuenta—a excluir toda voz seria.
La verdadera tragedia no es la expansión de este tipo de contenido, sino su normalización… su transformación en algo “natural”, y la consolidación de una convicción silenciosa de que lo que se muestra es más importante que lo que se piensa.
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Conclusión: la era de la trivialidad… cuando el pensador es marginado y la superficie celebrada
Lo más peligroso que vivimos hoy no es solo una distorsión en la interacción digital, sino el ingreso efectivo a una era de trivialidad organizada, donde la sociedad se reordena sobre criterios falsos:
Se eleva a quien no tiene ideas, y se margina a quien tiene una causa.
El pensador no es excluido porque esté equivocado, sino porque no capta la atención con suficiente rapidez.
El investigador no es ignorado por falta de valor, sino porque no se presenta como un “espectáculo visual”.
Y aquí radica el desastre:
Cuando el ser humano es reducido a una imagen, y la mente es medida por la cantidad de “likes”, no solo perdemos el valor de la palabra… sino que comenzamos a perder el respeto por el pensamiento mismo.
Lo que debe decirse con mayor claridad:
El desnudo y la trivialidad que hoy se promueven no son más que una moda digital pasajera, impuesta por la fuerza de los algoritmos. Se expande rápidamente porque es de consumo fácil, pero nunca ha sido un criterio de valor, ni será jamás una forma real de derechos o de libertad.
Los derechos no se construyen sobre la mercantilización del cuerpo, ni se reducen a la cantidad de visualizaciones.
La libertad no significa exposición… sino conciencia, elección y responsabilidad.
Y en este punto, la pregunta deja de ser: ¿por qué no se leen los artículos?
Para convertirse en algo más profundo y peligroso:
¿Cómo hemos llegado a un punto en el que pensar se ha vuelto indeseable?
