El hombre sin pasado: cómo un jefe yihadista busca reescribir la historia de Siria en medio de la masacre de alauitas

Ahmed al-Sharaa -también conocido por su nombre de guerra Abu Mohamad Al Jolani– avanzó por las calles de Damasco como si ya le pertenecieran. En la madrugada helada del 15 de diciembre de 2024, su convoy cruzó sin resistencia los últimos puestos de control del régimen sirio. No hubo disparos, ni batallas. Las fuerzas leales al dictador Bashar al-Assad habían desaparecido antes de su llegada. Para cuando la primera luz del día iluminó los minaretes de la Mezquita Omeya, Sharaa ya estaba dentro, flanqueado por sus hombres. Enfundado en su uniforme militar, con la mirada clavada en el horizonte, anunció al mundo lo que los sirios ya sabían: la era del clan Assad había terminado.

Cuando Sharaa regresó a Siria, el país ya estaba en llamas. La primavera árabe había encendido una rebelión contra Assad, y Sharaa vio en el caos la oportunidad de aplicar lo que había aprendido en prisión. Con apenas seis hombres y fondos proporcionados por Abu Bakr al-Baghdadi, cruzó furtivamente la frontera desde Irak y fundó Jabhat al-Nusra, un grupo yihadista que pronto eclipsaría a la insurgencia secular.

Su estrategia fue quirúrgica: golpes espectaculares contra el régimen, financiamiento disciplinado y un código de conducta menos brutal que el de ISIS. Mientras Baghdadi imponía ejecuciones públicas y castigos medievales en su califato, Nusra se presentaba como una fuerza pragmática. “Ellos llegaban, ejecutaban una operación impecable y desaparecían. Eran los fantasmas del frente de batalla”, recordaría un comandante del Ejército Libre Sirio.

El jefe de estado de Siria, Ahmed al-Sharaa, se reúne con el rey Abdullah de Jordania durante su visita a Ammán, Jordania, 26 de febrero de 2025 (Reuters)

Pero Sharaa no tardó en chocar con Baghdadi. En 2013, cuando ISIS intentó absorber a NusraSharaa se resistió. Eligió un camino peligroso: romper con al-Qaeda y seguir en solitario. Con esa jugada, perdió a sus combatientes más radicales, pero ganó algo más valioso: autonomía. Para expandirse, Nusra dejó de ser solo una fuerza militar y comenzó a administrar territorio.

Ahmed al-Sharaa con el presidente de Turquía Tayyip Erdogan en Ankara, el pasado 4 de febrero (Reuters)

El siguiente paso fue Idlib, la última provincia controlada por los rebeldes. Allí, Sharaa transformó su grupo en Hayat Tahrir al-Sham (HTS), alejándose de la imagen de al-Qaeda y consolidando un protoestado. Impuso impuestos, estableció tribunales y controló el comercio. Sin embargo, su régimen no fue benigno: minorías cristianas y drusas fueron reprimidas, activistas detenidos, y opositores internos asesinados o encarcelados.

Mientras Occidente lo veía con escepticismo, Turquía vio en él un aliado útil. En 2020, la administración de Donald Trump aprobó un cese al fuego en Idlib, de facto protegiendo a HTS de una ofensiva de Assad y Rusia. Fue el momento clave: Sharaa ya no era solo un comandante insurgente, sino un actor político que negociaba con Estados y dictaba las reglas en su territorio.

Ahmed al-Sharaa en la Meca, Arabia Saudí, el pasado 3 de febrero, durante una ceremonia religiosa (Reuters)

Ahmed al-Sharaa en la Meca, Arabia Saudí, el pasado 3 de febrero, durante una ceremonia religiosa (Reuters)

Con Idlib asegurada, comenzó a cambiar su imagen. Se dejó ver en mercados, repartiendo pan. Recortó su barba. Permitió reuniones con periodistas. En un encuentro en 2019, sorprendió a un grupo de reporteros al recibirlos en persona. “No puedo convencerlos a todos ahora”, les dijo. “Pero si los veo uno por uno, cada uno saldrá de aquí convencido”.

Ese mismo pragmatismo lo llevó a asegurar alianzas con grupos rebeldes clave, hasta que, en diciembre de 2024, entró en Damasco como el nuevo señor de Siria.

Ahmed al-Sharaa en una reunión con el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammed Bin Salam, en Riad, el pasado 2 de febrero (Reuters)

El ascenso de Sharaa ha sido vertiginoso, pero su control sigue siendo frágil. Los ecos de su pasado yihadista aún resuenan en su gobierno. Su administración es hermética, dominada por exlíderes de HTS y miembros de su familia. La oposición lo acusa de instaurar una nueva dictadura, y sus antiguos aliados radicales lo ven como un traidor.

Mientras tanto, el mundo lo observa. Turquía lo tolera. Washington lo evalúa. Rusia lo desprecia. En su primer discurso como líder, evitó mencionar la palabra “democracia” y rodeó su gobierno de ex comandantes insurgentes. Su esposa, Latifa al-Droubi, apareció en público por primera vez este año, vestida con un atuendo cuidadosamente calculado para no alienar ni a los liberales ni a los conservadores.

por infobae

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