La Argentina que conocí… no es la que algunos intentan mostrar

Por Dr. Abdel Aziz Tarekji

Periodista de investigación e investigador en violaciones internacionales a los derechos humanos.

.

En los últimos días comenzaron a circular, tanto en algunos medios de comunicación como en las redes sociales, distintas campañas que califican a la Argentina —e incluso a los argentinos— como un país o un pueblo racista. Estas acusaciones surgieron en medio de la polémica generada por hechos vinculados al ámbito deportivo y por declaraciones que rápidamente se viralizaron.

Cualquier denuncia relacionada con el racismo merece ser tomada con absoluta seriedad. La discriminación, dondequiera que exista, constituye una violación a la dignidad humana y nunca debe ser minimizada.

Sin embargo, transformar hechos aislados o conductas individuales en una condena contra todo un pueblo no contribuye a la verdad. Tampoco refleja los principios de justicia ni la responsabilidad que deberían guiar tanto al periodismo como a la defensa de los derechos humanos.

Escribo estas líneas como una persona de origen árabe que vive en la Argentina desde hace más de diez años.

Durante este tiempo construí mi vida aquí. Trabajé, formé vínculos con personas de distintas provincias, culturas e historias, y jamás sentí que mi origen, mi idioma o mi identidad fueran un motivo de rechazo. Muy por el contrario, encontré un pueblo hospitalario, solidario, amante de la vida y dispuesto a abrirle las puertas a quien llega de buena fe.

No pretendo afirmar que mi experiencia represente la de todos. Ninguna vivencia individual puede resumir la realidad de una sociedad entera. Pero mi experiencia también merece ser escuchada, porque ofrece una mirada distinta de la que hoy intentan instalar algunas campañas.

¿Fue mi experiencia perfecta?

Con total honestidad, no.

En determinados momentos sufrí injusticias y malos tratos por parte de un grupo muy reducido de personas, incluso algunas vinculadas a organismos públicos. Frente a esas situaciones reclamé mis derechos por las vías legales e institucionales correspondientes.

Pero también ocurrió algo que considero mucho más representativo de este país: en los momentos más difíciles encontré a decenas de argentinos que estuvieron al lado mío y de mi familia, brindándonos apoyo, solidaridad y contención sin esperar nada a cambio.

Ese es, para mí, el verdadero rostro de la sociedad argentina. Una sociedad que no puede ser definida por las acciones de una minoría, del mismo modo que ningún pueblo merece ser juzgado por los errores de unos pocos.

También es cierto que dentro de la propia sociedad argentina existen distintas miradas. Hay ciudadanos, organizaciones y sectores que impulsan permanentemente una mayor igualdad y denuncian cualquier forma de discriminación. Eso demuestra que la sociedad debate estos temas y no los ignora, algo absolutamente normal en cualquier democracia.

No escribo este artículo para defender a un gobierno, a un partido político ni a una ideología. Escribo para defender la verdad tal como la viví.

Así como resulta injusto convertir hechos individuales en una condena contra todo un pueblo, también sería injusto negar cualquier episodio de discriminación cuando realmente exista y pueda ser demostrado.

Por eso sostengo que quien generaliza y atribuye características negativas a un pueblo entero, o utiliza expresiones discriminatorias contra cualquier nacionalidad —sea argentina, árabe o de cualquier otro origen— termina reproduciendo la misma lógica de discriminación que dice combatir.

El racismo no depende de una bandera, de un color de piel o de una nacionalidad. Es una forma de pensar basada en el prejuicio, la generalización y el rechazo al otro.

La Argentina que yo conocí no es un país construido sobre el odio. Es una nación formada gracias a millones de inmigrantes llegados desde todas partes del mundo, que todavía hoy conviven con distintas culturas, religiones e identidades.

Este artículo no pretende convencer a todo el mundo ni negar que puedan existir episodios de discriminación, porque ninguna sociedad es perfecta.

Simplemente es el testimonio sincero de alguien que lleva más de una década viviendo en este país.

Creo profundamente que la justicia exige juzgar los hechos y no las nacionalidades; responsabilizar a las personas por sus actos y no a los pueblos por estereotipos; buscar la verdad antes que dejarse llevar por las imágenes rápidas y muchas veces simplificadas que circulan en las redes sociales.

Éste es mi testimonio.

Y ésta es mi posición.

Compartir este artículo

Facebook X WhatsApp Telegram LinkedIn Reddit Email

Para guardar el artículo como PDF, pulse “Guardar PDF” y seleccione “Guardar como PDF” en la ventana de impresión.

Anúnciese con Noticias Latinas

Red de sitios