Por el Dr. Abdelaziz Tarekji
– Periodista de Investigación e Investigador Sobre Violaciones Internacionales de Los Derechos Humanos –
Una escena que condensa el destino del mundo
En una mañana solemne de septiembre de 2025, la Plaza de Tiananmén en Pekín se convirtió en un escenario excepcional donde China exhibió su poder militar en una celebración colosal que no pasó desapercibida para el mundo. Miles de soldados fuertemente armados, sistemas de misiles intercontinentales, drones avanzados y misiles hipersónicos capaces de superar cualquier escudo defensivo. El acto no fue simplemente una ceremonia conmemorativa por el 80.º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, sino un manifiesto político que afirmaba que los equilibrios internacionales ya no son los de ayer y que el orden mundial liderado por Estados Unidos desde el final de la Guerra Fría enfrenta un desafío sin precedentes.
Lo que hizo aún más grave el acontecimiento no fueron solo las armas que desfilaron ante las multitudes, sino la presencia destacada de los dirigentes de los adversarios de Estados Unidos: Vladímir Putin, de Rusia, y Kim Jong‑un, de Corea del Norte, junto con delegaciones de Irán y de otros países encuadrados en el “campo antioccidental”. Esta imagen colectiva no fue una coincidencia protocolaria, sino una señal simbólica de nuevas alianzas que se están gestando en silencio, alianzas que podrían acelerar el deslizamiento del mundo hacia una carrera armamentista nuclear con todo lo que ello implica para la supervivencia humana.
China: demostración de fuerza y construcción de alianzas
China quiso decirle al mundo con este desfile que ya no es solo una potencia económica colosal, sino también un actor militar imposible de ignorar. Sus nuevas armas —en especial los misiles balísticos e hipersónicos— transmitieron un mensaje claro de disuasión: Estados Unidos y sus aliados en Asia y el Pacífico ya no pueden reclamar una hegemonía militar incontestable.
En el plano político, reunir en una misma tribuna a los adversarios de Washington otorgó una dimensión estratégica que trasciende al propio desfile. Pekín busca construir un “eje paralelo” al orden occidental, cimentado en la cooperación militar, tecnológica y de inteligencia entre países como Rusia, Corea del Norte e Irán, y quizá otros. Este eje, aunque aún en gestación, envía un mensaje inquietante: el mundo se desliza hacia una redistribución del poder mediante la fuerza, lejos del lenguaje del derecho internacional y de las instituciones multilaterales.
La postura estadounidense: entre la ira, la cautela y la redefinición de la identidad military
Estados Unidos no ocultó su descontento ante la escena china. Para la administración estadounidense, el desfile fue una provocación directa y un intento organizado de evidenciar la incapacidad de Occidente para impedir esta nueva alineación. Sin embargo, Washington —pese a poseer el mayor arsenal nuclear y las alianzas militares más robustas de la historia— se enfrenta hoy a un dilema complejo:
– ¿Responder con una escalada directa que recuerde a la Guerra Fría?
– ¿O limitarse a gestionar una “guerra fría suave” mediante presiones económicas, sanciones y la ampliación de alianzas defensivas?
En medio de este debate, el presidente estadounidense sorprendió a la escena internacional con una decisión de fuerte carga simbólica: cambiar el nombre del “Departamento de Defensa” (Department of Defense) por “Departamento de Guerra” (Department of War). Esta decisión no fue un simple ajuste protocolario, sino una declaración explícita del paso de una mentalidad estratégica centrada en la defensa a una preparación abierta para confrontar directamente a sus principales rivales.
La medida reflejó la convicción, dentro de la Casa Blanca y del Pentágono, de que la etapa que viene no será únicamente de “disuasión defensiva”, sino también —si fuera necesario— de “ofensiva preventiva”. La institución militar estadounidense busca redefinir su papel histórico: no solo como escudo que protege el territorio nacional, sino como herramienta para gestionar el conflicto global y garantizar la continuidad de la hegemonía occidental.
Este cambio de nombre envía varios mensajes simultáneos:
(1) al interior de Estados Unidos, prepara a la opinión pública para aceptar que la confrontación puede ser inevitable y que el país podría regresar a una lógica de “guerra permanente”, como en la primera mitad del siglo XX.
(2) a los aliados, los insta a reconocer la gravedad del momento, a aumentar sus presupuestos de defensa y a coordinarse militarmente con Washington; y (3) a los adversarios, les indica que Estados Unidos está dispuesto a escalar y que cualquier intento por imponer un nuevo statu quo será respondido con una confrontación total.
No obstante, la decisión provocó un amplio debate interno. Para algunos, es prueba del deterioro de los valores estadounidenses —que durante décadas se presentaron como garantes de la “paz mundial”— y confirma que la lógica de la fuerza se ha impuesto como vía para conservar la primacía. Otros advirtieron que la medida podría acelerar una carrera armamentista nuclear global al desnudar la fachada de la “defensa” y mostrar que Washington adopta una doctrina de guerra en lugar de una de paz.
En definitiva, el cambio de nombre del Departamento de Defensa refleja una transformación en la esencia de la identidad estratégica de Estados Unidos y confirma que el desfile militar chino no fue un acontecimiento trivial, sino un punto de inflexión que empuja a Washington a reconfigurarse como potencia bélica global, aun a costa de los valores que proclamó durante décadas.
La carrera armamentista nuclear: la amenaza mayor
Lo que vuelve particularmente inquietante este evento es la alusión directa al retorno de la carrera armamentista nuclear. Los sistemas de misiles exhibidos por China no son meras herramientas de disuasión convencional: forman parte de la lógica de la “destrucción mutua asegurada” que marcó el apogeo de la Guerra Fría. Hoy, con Rusia, Corea del Norte e Irán integrándose a este eje, crece el temor de que el equilibrio vigente ya no proteja al mundo de la catástrofe, sino que lo arrastre hacia ella.
El arma nuclear ha dejado de ser un recurso de último recurso o una opción improbable para convertirse en una herramienta cotidiana de presión en la política internacional. Cada crisis regional —desde Taiwán hasta Ucrania, pasando por el Golfo— lleva implícito el riesgo de un deslizamiento hacia un enfrentamiento nuclear limitado que podría transformarse en una guerra total. A ello se suma el rápido desarrollo de misiles hipersónicos y de sistemas aéreos no tripulados con capacidad nuclear, que dificulta que cualquier arquitectura defensiva ofrezca una protección real.
En otras palabras, la humanidad vive hoy sobre un hilo extremadamente fino que la separa de una catástrofe nuclear, y la cuenta regresiva ya ha comenzado.
El colapso del valor del derecho internacional
Una de las lecciones más claras que deja el desfile es que el derecho internacional ha perdido valor frente a la lógica de la fuerza. Las instituciones internacionales —desde las Naciones Unidas hasta el Consejo de Seguridad— parecen incapaces de contener los movimientos de las grandes potencias.
– Rusia ha anexionado territorios ucranianos por la fuerza.
– China impone hechos consumados en el mar de China Meridional y amenaza con anexar Taiwán por la fuerza.
– Corea del Norte continúa desarrollando su arsenal nuclear en abierto desafío a las resoluciones internacionales.
– La propia Estados Unidos es acusada de intervenir militarmente en múltiples regiones fuera del amparo de la legitimidad de la ONU.
Todo ello refleja una realidad alarmante: en un mundo en pugna por la hegemonía, ya no queda espacio real para el derecho internacional, sino para quien sea más fuerte en lo militar y lo económico. Este colapso del sistema normativo global implica que el riesgo de un enfrentamiento generalizado ya no es una hipótesis de ficción, sino una posibilidad tangible si fracasan los equilibrios delicados que hasta ahora han evitado la gran explosión.
¿Nos conduce el mundo a una tercera guerra mundial?
El desfile chino y los símbolos y alianzas que lo acompañaron constituyen otra señal de que el mundo avanza a pasos acelerados hacia una gran confrontación. Es cierto que la Tercera Guerra Mundial no ha comenzado, pero las dinámicas de disuasión actuales se asemejan mucho a las que precedieron a las dos guerras del siglo pasado: alineamientos contradictorios, una carrera armamentista desbocada, discursos nacionalistas enérgicos y un derrumbe de la confianza en las instituciones internacionales.
Si el mundo no detiene este curso y no emerge una voluntad colectiva auténtica para devolver la centralidad al diálogo y a la diplomacia, el escenario más temido podría hacerse realidad: una guerra mundial con empleo de armas nucleares que podría no dejar rastro de la civilización humana tal como la conocemos.
Conclusión
El último desfile militar chino no fue únicamente una demostración de fuerza: fue una declaración explícita de que el mundo ha entrado en una nueva etapa de competencia geopolítica. Una etapa dominada por la lógica de la carrera nuclear, el colapso del derecho internacional y la desintegración del orden global tradicional.
En este momento histórico, la humanidad se enfrenta a una pregunta existencial: ¿nos dirigimos hacia un equilibrio mediante la cooperación y el diálogo, o hacia una detonación que podría cerrar para siempre la página de la humanidad?
