Por: Dr. Abdelaziz Tarekji
Periodista de Investigación e Investigador en Violaciones Internacionales de Derechos Humanos
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Con el inicio de un nuevo año, el mundo vuelve a situarse frente a un espejo implacable que refleja la magnitud del fracaso colectivo en la protección del ser humano. Un fracaso que no puede justificarse por la ausencia de leyes ni por la falta de tratados, sino que pone en evidencia, de manera contundente, la ausencia de voluntad política, la instrumentalización de los sistemas de justicia internacional al servicio de intereses estrechos, y la transformación de los derechos humanos de una obligación jurídica exigible en una herramienta selectiva que se aplica o se ignora según el equilibrio de poder y no según el principio de justicia.
La experiencia contemporánea ha demostrado que el problema nunca residió en los textos. El derecho internacional humanitario, los tratados de derechos humanos y las normas imperativas de las que no se admite derogación fueron establecidos, en esencia, para proteger la dignidad humana como un valor absoluto, no sujeto a negociación ni a instrumentalización política. Sin embargo, lo que el mundo presencia hoy es una desviación grave de este camino, en la que los principios se suspenden ante la primera prueba, las obligaciones se vacían de contenido y el ser humano queda solo frente a la maquinaria de la violencia y los conflictos.
En este contexto, la paz ya no es una mera aspiración moral ni un eslogan retórico invocado en conferencias y discursos estacionales, sino que se ha convertido en una necesidad existencial para la supervivencia de las sociedades, la continuidad de los Estados y la preservación de la civilización humana frente a su propio colapso. La ausencia de paz ya no amenaza únicamente a regiones específicas, sino que socava la estabilidad internacional en su conjunto, debilita los fundamentos de la seguridad colectiva y transforma al mundo en un espacio abierto a la anarquía, el crimen y el terrorismo.
La paz, desde la lógica del derecho internacional, no es una opción política sujeta a aplazamientos, sino un compromiso jurídico y ético que precede a toda consideración, pues su alternativa no es otra cosa que más sangre, más violaciones y una creciente pérdida de confianza en el propio sistema internacional.
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Un Mundo Cargado de Conflictos… y un ser Humano que Paga el Precio
En distintas regiones del planeta, las guerras se multiplican y los conflictos armados se expanden a un ritmo alarmante, mientras los pueblos son exhaustos entre bombardeos directos que no distinguen entre civiles y combatientes, bloqueos económicos utilizados como arma colectiva, violencia sistemática ejercida por autoridades o grupos armados, y un terrorismo transnacional que se nutre del caos y de la ausencia de justicia.
Estos hechos han dejado de ser excepciones circunstanciales para convertirse en un patrón recurrente, gestionado en muchos casos bajo el amparo del silencio internacional o de una incapacidad deliberada.
Y en cada ocasión, el ser humano es la primera y la última víctima, en una violación evidente del principio de protección general de la población civil consagrado en el derecho internacional humanitario.
Un niño privado de su derecho natural a la educación y a una vida segura, en infracción directa de las obligaciones estatales de protección de la infancia.
Una mujer despojada de su dignidad y sometida a agresiones físicas o psicológicas, en flagrante desprecio del principio de no discriminación y de la prohibición de la violencia basada en el género.
Un civil asesinado sin culpa alguna, fuera de toda necesidad militar, en una vulneración manifiesta del derecho a la vida como derecho fundamental e intangible.
Y una sociedad entera empujada forzosamente hacia la pobreza, el crimen y el extremismo, como resultado de políticas represivas que generan entornos propicios para el colapso de la paz social y la desintegración del tejido comunitario.
La persistencia de esta realidad no refleja únicamente un fracaso político, sino que constituye una violación flagrante de la esencia misma del derecho internacional, creado para proteger al ser humano y no para justificar su muerte, ni para legitimar su sufrimiento, ni para maquillar el silencio frente a los crímenes cuando su costo político resulta elevado. Cuando el ser humano queda sin protección, las leyes se convierten en textos vacíos y el sistema internacional pasa de ser un marco de salvaguarda a un testigo impotente de la violación.
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El Derecho Internacional: Entre el Texto y la Aplicación
Los tratados internacionales, encabezados por la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de Derechos Humanos, consagraron un principio que no admite interpretación restrictiva ni menoscabo alguno: la protección del ser humano, la salvaguarda de su dignidad y la garantía de su derecho inalienable a la vida, a la seguridad y a la paz.
Este principio no fue formulado como una recomendación moral ni como una orientación política, sino como una obligación jurídica vinculante para los Estados y como pilar fundamental del sistema internacional contemporáneo.
No obstante, la realidad actual revela una paradoja peligrosa que amenaza la credibilidad de dicho sistema.
Leyes que se enarbolan como consignas en los foros internacionales sin traducirse en aplicación efectiva.
Instituciones utilizadas como fachadas formales, gestionadas conforme a equilibrios de poder y no a criterios de justicia.
Conceptos de derechos humanos vaciados de contenido cuando se reducen a declaraciones de condena selectivas o a silencios calculados.
En este contexto, se otorga legitimidad a la violencia cuando sirve a los intereses de las potencias influyentes, mientras se condenan las formas de defensa o resistencia cuando no se ajustan a los cálculos políticos dominantes, en una contradicción manifiesta con el principio de igualdad ante la ley y con la prohibición de la discriminación en la aplicación de las normas internacionales.
El mayor peligro que enfrenta hoy el sistema internacional no es la ausencia ni la debilidad de los textos jurídicos, sino la doble vara, la justicia selectiva y la conversión de los derechos humanos de una referencia jurídica imperativa en un instrumento de presión política. Cuando los derechos se utilizan de este modo, pierden su esencia ética y el derecho internacional deja de ser un escudo de protección para convertirse en un medio de justificación, pasando de garante del ser humano a testigo silencioso de su vulneración.
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Paz y Desarrollo: una Ecuación Inseparable
No es posible hablar de un desarrollo humano real en contextos de guerra, ni de una seguridad sostenible en entornos devastados por la pobreza y la marginación, ni de combatir el crimen organizado o el terrorismo sin abordar sus causas estructurales. Las experiencias internacionales han demostrado que la violencia no surge del vacío, sino que prospera allí donde la justicia está ausente, los derechos son reprimidos y el ser humano es marginado económica y socialmente.
La paz, en este sentido, no es simplemente la ausencia de armas ni un cese temporal de las hostilidades, sino una condición integral basada en:
la existencia de la justicia como principal garantía de estabilidad,
la igualdad de oportunidades como fundamento de la paz social,
el respeto a la dignidad humana como línea roja infranqueable,
y la construcción de un Estado de derecho e instituciones, y no de un Estado de fuerza y dominación.
Allí donde la paz auténtica está ausente, el crimen organizado se expande, el terrorismo se intensifica y las sociedades se transforman en entornos frágiles, propensos a la explosión en cualquier momento, sin importar el volumen del gasto militar o de seguridad. La seguridad impuesta por la fuerza no genera estabilidad, sino que posterga la explosión y profundiza sus causas.
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La Responsabilidad de Los Estados… Antes que Los Discursos
Los Estados, sin excepción, están hoy obligados a realizar una revisión profunda de sus políticas y a retornar al núcleo de su compromiso jurídico y ético asumido voluntariamente al integrarse en el sistema internacional.
Lo que se requiere no son más discursos, sino políticas claras basadas en:
la protección de la población civil y no la justificación de su ataque bajo ninguna excusa,
el respeto de la soberanía nacional y no su vulneración en nombre de intereses o intervenciones selectivas,
la lucha contra el terrorismo sin fabricar sus causas mediante la injusticia, la exclusión y la represión,
y el respaldo a una paz auténtica sin invertir en guerras ni avivar conflictos.
No existe legitimidad para una autoridad que se alimenta del miedo, ni estabilidad para un Estado que edifica su seguridad sobre la violación de derechos, ni credibilidad para un discurso de derechos humanos utilizado para saldar disputas políticas en lugar de hacer justicia a las víctimas.
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Llamado de 2026: Salvar al Ser Humano Primero
Con el inicio del año 2026, ya no resulta aceptable seguir gestionando el mundo con la lógica de crisis postergadas, ni tratar al ser humano como una cifra en informes estadísticos o como una ficha de negociación utilizada y descartada en las mesas de intereses internacionales.
La paz ha dejado de ser una opción política sujeta a negociación o aplazamiento,
para convertirse en una obligación jurídica impuesta por los tratados internacionales, una prioridad humana dictada por la dignidad de la persona y una responsabilidad colectiva que recae sobre los Estados, las instituciones y las sociedades.
Cualquier sistema internacional que no sitúe al ser humano en el centro de sus decisiones y que no haga de su protección el objetivo primordial de toda política pública, de seguridad o económica, seguirá siendo un sistema frágil, carente de legitimidad ética y jurídica, por más poder o influencia que posea.