Lectura integral: un mundo que detiene a presidentes… y lo justifica con comunicados
Venezuela después de Maduro: ruptura de reglas, silencio de aliados, en un orden internacional hipócrita
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Por: Dr. Abdelaziz Tarekji
Periodista de investigación e investigador en violaciones internacionales de derechos humanos
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Al inicio: no es una defensa de Maduro… sino de la regla jurídica
Antes de adentrarnos en cualquier análisis político o proyección de escenarios, es imprescindible fijar una premisa central, sin margen para ambigüedades: este artículo no constituye una defensa de la persona de Nicolás Maduro, ni le concede legitimidad política o moral; del mismo modo, tampoco se la arrebata.
El debate sobre su legitimidad —ya sea por elecciones, mandato o ejercicio del poder— sigue siendo un asunto estrictamente interno venezolano, que debe resolverse mediante mecanismos constitucionales, urnas e inclusivamente la voluntad del pueblo venezolano, sin tutela externa ni intervención coercitiva.
Sin embargo, lo ocurrido trasciende a Maduro como individuo o como presidente controvertido, y alcanza una regla jurídica internacional esencial: que la disputa sobre la legitimidad de cualquier mandatario —por intensa que sea— no justifica su derrocamiento o detención mediante una acción externa, ni autoriza a ningún Estado o coalición a sustituir al pueblo en el ejercicio de su derecho a decidir su destino.
Aceptar la ruptura de esa regla, bajo el pretexto de desacuerdos políticos o de no reconocimiento de la legitimidad del gobierno, conduce en la práctica a despojar a los pueblos de su derecho político, y a convertir el principio de soberanía de una norma obligatoria en un concepto selectivo: se aplica con rigor a los débiles y se suspende frente a los fuertes.
Por ello, defender esta regla no es defender a Maduro, sino defender el derecho de los pueblos a la autodeterminación sin coacción, y lo que aún queda de un orden internacional basado en el Derecho y no en la lógica de la fuerza desnuda.
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Primero: la ruptura de las reglas fundacionales del orden internacional
Lo sucedido —si se confirma con todos sus datos y contextos— no puede describirse como una medida política excepcional ni como un episodio de seguridad pasajero. Constituye, más bien, una transgresión grave y explícita de un conjunto de principios fundacionales sobre los que se asentó el orden internacional contemporáneo desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Entre estos principios destacan:
- El principio de soberanía y no intervención, consagrado en el artículo 2(7) de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe a los Estados intervenir en los asuntos internos de otros, en particular cuando se trata de definir la forma de gobierno o alterar el liderazgo político.
- La prohibición del uso o la amenaza del uso de la fuerza, prevista en el artículo 2(4) de la Carta, considerada una norma imperativa del Derecho internacional, con excepciones limitadas a la legítima defensa o a una autorización expresa del Consejo de Seguridad.
- La inmunidad personal y funcional de los jefes de Estado en ejercicio, principio arraigado en el Derecho internacional consuetudinario, respaldado por precedentes judiciales internacionales, y destinado a preservar la estabilidad de las relaciones entre Estados y a impedir que las disputas políticas se conviertan en actos coercitivos.
Estas reglas no son meras consignas morales o diplomáticas, sino bases jurídicas imperativas (Jus Cogens) concebidas precisamente para evitar el retorno a la lógica de la fuerza pura: imponer hechos por las armas en lugar del Derecho, y resolver conflictos por hegemonía en lugar de legitimidad.
La vulneración de estas reglas, bajo cualquier pretexto político o disputa sobre legitimidad, no afecta solo a Venezuela: sacude la confianza en todo el sistema de protección jurídica internacional y envía un mensaje inquietante: que normas supuestamente generales y obligatorias pueden suspenderse o eludirse cuando el caso involucra a un Estado débil o aislado.
Ahí reside el verdadero peligro: no solo en el acto en sí, sino en normalizar su violación sin una rendición de cuentas internacional efectiva.
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Segundo: los grandes aliados… alianzas para el discurso, no para la prueba
Una de las preguntas más urgentes tras lo ocurrido es: ¿dónde están los grandes aliados de Maduro? ¿Y qué fue de los discursos sobre alianzas estratégicas, acuerdos de seguridad y ejes “antihegemónicos”?
La respuesta, por más chocante que parezca, es simple en la lógica de las relaciones internacionales: las alianzas no se miden en comunicados, sino en el momento de alto costo.
Rusia: pragmatismo en lugar de confrontación
Pese al discurso político y militar de apoyo, Rusia no actuó de manera efectiva. Y la razón no es un “abandono moral” ni una “traición política”, sino un cálculo estratégico frío regido por la correlación de fuerzas:
- Rusia libra una guerra existencial abierta en Ucrania, que consume sus capacidades militares, económicas y diplomáticas.
- Moscú carece de una capacidad logística o de despliegue eficaz en el hemisferio occidental, sin bases ni líneas de suministro que permitan una confrontación directa.
- Cualquier movimiento en favor de un régimen sitiado en Venezuela implicaría una confrontación directa con Estados Unidos en su esfera tradicional, una apuesta que excede el umbral de riesgo ruso.
Resultado: Rusia condena y denuncia, pero no combate por regímenes que no constituyen una prioridad existencial para ella.
China: el Estado antes que el régimen; el interés antes que las personas
China optó por el silencio práctico, un silencio calculado. En su política exterior, no defiende a individuos ni a regímenes como fin en sí mismo, sino tres pilares:
- estabilidad de largo plazo
- recursos e intereses económicos
- el Estado como entidad capaz de perdurar
Pekín no apuesta por “salvar un régimen”, sino por adaptarse a lo que viene después. Mantiene abiertas sus líneas con cualquier autoridad futura, siempre que ello asegure sus intereses estratégicos. Bajo esta lógica, Maduro no era para China un activo insustituible.
Irán: influencia sin compromiso defensivo
La relación de Irán con Caracas ha sido económica (energía), técnica (evasión de sanciones) y simbólica en el marco de desafiar a Washington, pero nunca una alianza defensiva existencial. Para Teherán, Venezuela es una plataforma remota de influencia, no un escenario por el que valga la pena una confrontación militar directa o una ampliación del círculo de sanciones. Por ello, el techo del apoyo iraní fue político y mediático.
Corea del Norte: discurso ideológico sin capacidad real
Corea del Norte posee un discurso ideológico elevado, pero está aislada geográficamente, tiene capacidad operativa limitada fuera de su entorno y no tiene interés en abrir un frente global que no sirva a la supervivencia de su régimen. Su papel se mantuvo simbólico y mediático, sin impacto real en el equilibrio de fuerzas.
Conclusión: la ilusión de alianzas sólidas y los límites de proteger dictaduras
Estos hechos revelan una verdad que suele ocultarse detrás de las consignas: las alianzas contemporáneas no son paraguas permanentes, sino redes de intereses móviles y condicionadas.
El apoyo externo a cualquier régimen —incluidos aquellos ampliamente clasificados como dictaduras, como el de Nicolás Maduro— perdura mientras el costo político y militar sea bajo, y se evapora cuando se convierte en riesgo estratégico, carga política internacional o precedente jurídico indeseable.
Además, hay una verdad igualmente decisiva: los regímenes que sostienen su permanencia en la represión interna y acumulan legitimidad por la fuerza, no por el consentimiento, siguen siendo frágiles aunque cuenten con aliados poderosos. La experiencia reciente muestra que las alianzas que respaldaron sistemas autoritarios —de Oriente Medio a América Latina— nunca fueron garantía de supervivencia, sino una postergación temporal del desenlace.
El destino de cualquier régimen que practique represión sistemática no se decide en salas de aliados ni en comunicados, sino en el interior, donde se erosiona la legitimidad y se agota la capacidad de gobernar. Cuando el régimen se vuelve una carga ética y política para sus patrocinadores, queda solo frente a su suerte, no porque el mundo sea más justo, sino porque es más pragmático.
Por ello, la caída de las dictaduras, tarde o temprano, es cuestión de tiempo. El verdadero peligro no es su final, sino los métodos ilegales que pueden emplearse para derribarlas y lo que ello implica: romper reglas y amenazar el orden internacional en su conjunto.
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Tercero: aliados en América Latina… cuando el temor supera la ideología
Si el silencio de los aliados globales responde a cálculos de poder, la postura de los aliados latinoamericanos está marcada por una memoria histórica pesada: la confrontación con Estados Unidos rara vez fue una opción “gestionable”, sino una fórmula segura de pérdidas políticas y económicas.
Cuba: aliada histórica, pero atrapada en una crisis económica asfixiante, sin capacidad real de influencia y con una larga experiencia que le enseñó que la supervivencia pasa por evitar la colisión directa.
Nicaragua: régimen aislado y frágil; cualquier escalada equivaldría a un suicidio político interno.
México: la geografía impone la política; su vínculo económico y fronterizo con EE. UU. no le permite arriesgar comercio, migración y estabilidad interna.
Brasil: incluso con liderazgo de izquierda, actúa como Estado continental de intereses; Lula gestiona un país, no una causa, y no puede atar el destino brasileño al de un régimen.
Colombia: pese al acercamiento reciente, sigue siendo socio de seguridad de Washington y no está dispuesta a pagar el costo de una escalada regional.
Conclusión: América Latina se alineó con Maduro en el discurso, pero nunca estuvo dispuesta a defenderlo en los hechos. Se repite el mismo patrón: solidaridad en declaraciones y silencio en la hora de la prueba.
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Cuarto: un mundo hipócrita… ¿por qué no actúa la “comunidad internacional”?
La pregunta no es por qué no actuó, sino: ¿qué es la “comunidad internacional”?
No es un tribunal moral global ni una autoridad neutral. Es un sistema desigual donde el poder precede a los principios y los intereses preceden a los valores.
Esto se evidencia en:
- un Consejo de Seguridad paralizado por el veto
- instituciones internacionales condicionadas por financiación y presiones políticas
- un Derecho internacional selectivo: severo con los débiles y flexible con los poderosos
En ese contexto, el silencio no sorprende: la objeción real es costosa; la hipocresía política —comunicados de “preocupación” y llamados vagos a la contención— es la opción más barata y segura.
Así se gestiona el orden internacional, no como arquitectura de justicia, sino como mecanismo para reciclar crisis y evitar la confrontación con centros de poder, aunque el precio sea erosionar las reglas que dice proteger.
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Quinto: ¿hacia dónde va Venezuela? Escenarios tras Maduro
La detención de Maduro no abre una página nueva: introduce a Venezuela en una transición compleja, con factores internos cruzados por presiones externas, en ausencia de un camino soberano puro que monopolice la decisión.
- Escenario más probable: transición contenida y dirigida
Detención como palanca; autoridad transitoria con cobertura internacional selectiva; reingeniería gradual; ayuda condicionada a reformas.
- Escenario de inestabilidad limitada: tensión sin estallido
Protestas dispersas, fracturas élite-institucionales, disputa de narrativas, sin guerra civil amplia por agotamiento social y miedo al caos.
- Escenario más débil: escalada regional o internacional
Apoyo verbal e indignación retórica sin traducción militar o de seguridad.
Conclusión realista: Venezuela entra en una reconfiguración coercitiva: ni decide sola, ni el exterior controla todo. Es una ecuación frágil que definirá no solo el futuro del país, sino la capacidad del orden internacional de producir estabilidad sin quebrar reglas.
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Conclusión: cuando caen las máscaras
Lo sucedido en Venezuela no prueba la fuerza de un bando ni la debilidad de otro; revela una verdad estructural: vivimos en un orden internacional hipócrita, que invoca el Derecho cuando sirve a sus intereses y lo suspende o lo retuerce en la primera prueba seria.
El problema no es que se detenga a un presidente —sea cual sea la naturaleza de su régimen o la controversia sobre su legitimidad—, sino que el acto se justifique, se haga pasar bajo títulos vagos y se archive como episodio efímero sin rendición de cuentas.
Cuando las reglas se rompen con tanta facilidad, el Derecho internacional deja de ser marco normativo y se convierte en herramienta selectiva: se usa contra quien carece de poder y se suspende ante quien lo posee.
Entonces, el riesgo deja de ser Venezuela. Se extiende a cualquier Estado que pueda ser etiquetado como “débil” o “indeseable”. La regla que hoy se rompe sobre Venezuela puede romperse mañana sobre otros; el silencio que hoy se justifica por cálculo político puede convertirse mañana en un precedente que legalice el caos en nombre del “orden”.
Por eso, defender las reglas —aunque se beneficien de ellas regímenes cuestionados— no es un lujo moral: es una necesidad existencial. Si el orden internacional pierde su mínimo de disciplina, solo quedará la lógica de la fuerza desnuda. Y entonces, caerán todas las máscaras.