Por Gonzalo Sánchez
Cuarenta y cuatro años después de la guerra, regresar a las Islas Malvinas supone enfrentarse a una imagen difícil para cualquier argentino. Las huellas nacionales prácticamente desaparecen del paisaje cotidiano y, fuera de los escenarios vinculados con el conflicto de 1982 y del cementerio de Darwin, lo que aparece es una sociedad profundamente integrada al universo británico.
Quien llega desde Argentina puede experimentar una sensación contradictoria: está en un territorio que el país reclama como propio, pero encuentra una comunidad que vive y se percibe a sí misma de una manera completamente diferente.
En las calles predominan costumbres anglosajonas, aunque la población se haya diversificado con inmigrantes provenientes especialmente de Chile y Filipinas. Hay prosperidad, autonomía económica y una identidad local consolidada. Desde la perspectiva de sus habitantes, además, la discusión sobre la soberanía parece estar cerrada: consideran que no existe nada que negociar.
Una pequeña ciudad británica en el Atlántico Sur
Puerto Stanley/Argentino —denominación combinada utilizada por Google y por Naciones Unidas en diferentes contextos, mientras Argentina utiliza Puerto Argentino y el Reino Unido Port Stanley— transmite la apariencia de un pequeño suburbio británico.
Calles azotadas por el viento, cabinas telefónicas rojas, casas bajas y comercios que reproducen hábitos típicamente británicos conforman parte del paisaje.
Pero detrás de esa imagen discreta existe una economía considerablemente próspera.
La comercialización de licencias pesqueras, desarrollada desde 1987 con la creación de la Zona Económica Exclusiva, modificó profundamente la economía de las islas. Con una población cercana a los 3.700 habitantes, incluso los puestos salariales más bajos rondan los 20.000 dólares anuales.
Durante una semana de estadía por trabajo, una escena permite comprender parte de la complejidad del lugar.
Después de una maratón, unas cien personas se reúnen en el teatro municipal de Ross Road para la ceremonia de premiación. El director del Standard Chartered Bank agradece especialmente la participación de cerca de veinte argentinos.
“Los habitantes de las islas celebramos que vengan cada vez más deportistas de Argentina a participar”, afirma.
El mensaje es cordial, aunque cuidadosamente medido.
La guerra continúa presente
Entre los participantes se encuentran antiguos soldados británicos y argentinos que combatieron en Monte Harriet en 1982.
Desde el escenario se pide que existan más encuentros de ese tipo.
Es apenas una escena cotidiana, pero permite observar una realidad más profunda: la guerra continúa presente.
Los habitantes aceptan recibir argentinos por turismo, actividades deportivas o visitas al cementerio de Darwin, aunque esperan que quienes llegan respeten las reglas establecidas localmente y reconozcan su condición de anfitriones.
Argentina también aparece con frecuencia en las páginas del Penguin News, principal periódico de las islas.
Los visitantes argentinos se convierten en noticia cuando llegan al cementerio donde descansan los soldados caídos o cuando alguno intenta retirar objetos pertenecientes a antiguos campos de batalla.
Darwin, la huella argentina más profunda
A unos 88 kilómetros de la capital, Darwin representa una experiencia completamente diferente.
Allí descansan soldados argentinos muertos durante la guerra.
Durante años, numerosas tumbas permanecieron identificadas únicamente con la frase “Soldado argentino solo conocido por Dios”. El trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense permitió posteriormente identificar a muchos de aquellos combatientes y posibilitó que sus madres y familiares finalmente pudieran encontrar una lápida con sus nombres.
Entre las cruces y el silencio permanece quizás la presencia argentina más intensa y dolorosa de las islas.
Fuera de Darwin, las referencias argentinas prácticamente desaparecen.
Pubs, música británica y una identidad consolidada
La vida cotidiana reproduce numerosas costumbres británicas.
En radios y hoteles suenan artistas como Elton John y Amy Winehouse. Los bares funcionan como tradicionales british pubs: cerveza durante la tarde, fútbol europeo en televisión y cierre puntual alrededor de las once de la noche.
Existen apenas seis pubs.
Uno de ellos, The Victory, mantiene una referencia especialmente hostil vinculada con 1982: en el baño se exhibe una fotografía de Leopoldo Fortunato Galtieri acompañada por una inscripción ofensiva.
La guerra también condiciona el comportamiento exigido a los visitantes argentinos.
Las autoridades locales rechazan la exhibición de banderas argentinas, camisetas patrióticas y determinadas manifestaciones vinculadas con la soberanía.
Al ingresar por el aeropuerto de Mount Pleasant, los viajeros reciben instrucciones específicas: evitar símbolos relacionados con el conflicto, no cantar el Himno Nacional y no retirar objetos de los antiguos campos de batalla.
En el pasado, el excombatiente Luis Escobedo y otros siete argentinos fueron demorados después de exhibir una bandera y cantar el himno frente a las tumbas de Darwin.
El episodio provocó incluso pedidos locales para endurecer las restricciones.
El extraño turismo de los argentinos
Como los vuelos regulares obligan generalmente a permanecer varios días, los visitantes argentinos terminan recorriendo repetidamente Puerto Stanley/Argentino y los antiguos campos de combate.
Monte Harriet, Monte Longdon y Dos Hermanas conservan vestigios de la guerra.
Muchos veteranos regresan hasta las trincheras donde combatieron y encuentran objetos que permanecen allí, transformados por décadas de exposición al clima.
Es una forma singular de turismo atravesada por el dolor.
Los argentinos que llegan mantienen poco contacto con los habitantes locales, pero frecuentemente terminan relacionándose entre ellos y construyendo durante esos días una pequeña comunidad marcada por recuerdos, silencios y sentimientos patrióticos.
Una sociedad con elevados niveles de bienestar
Al otro lado de esa experiencia existe una sociedad económicamente próspera.
El desempleo, según el relato, permanece por debajo del 1% desde hace más de veinte años. Existe demanda de trabajadores para construcción e infraestructura y los inmigrantes describen posibilidades concretas de progreso económico.
Yanis, una joven nacida en Cebú, Filipinas, explicaba su experiencia trabajando como camarera:
“Puedo estar bien, enviar dinero a mi familia y tener proyectos”.
Alex Olmedo, chileno establecido allí desde 1990, ofrecía una mirada semejante:
“Aquí hay herramientas para desarrollarse, y el que quiere las usa. Somos una sociedad igualitaria”.
Los impuestos son elevados, pero se traducen en servicios públicos.
La salud y la educación son gratuitas.
A los 16 años, muchos jóvenes continúan sus estudios en Gran Bretaña y aproximadamente la mitad termina regresando posteriormente.
Cuando existen problemas médicos de mayor complejidad, los pacientes pueden ser derivados a Santiago, Punta Arenas o Montevideo. Incluso las evacuaciones urgentes pueden realizarse mediante vuelos privados financiados por el gobierno local.
Una economía sin productos argentinos
Los supermercados muestran otra particularidad.
Existe una amplia variedad de productos internacionales, pero prácticamente ninguna presencia de industria argentina.
La producción local de carne ofrece productos de alta calidad a precios competitivos frente a los estándares europeos.
Desde finales de los años 80, la economía isleña experimentó un crecimiento sostenido.
Y ahora aparece un elemento que podría modificarla nuevamente: el proyecto petrolero Sea Lion.
La iniciativa, desarrollada por Rockhopper Exploration y Navitas Petroleum, contempla comenzar la extracción comercial de petróleo y gas durante el primer trimestre de 2028, siempre que el proyecto avance según lo previsto.
Su desarrollo podría aportar nuevos ingresos y atraer más población.
Una sociedad conectada con el mundo
Los residentes disponen además de mecanismos de asistencia para financiar viajes.
Al vuelo semanal que conecta las islas vía Punta Arenas se suma una conexión desde Londres, con escala en Cabo Verde, operada por el Ministerio de Defensa británico.
Durante la temporada de cruceros, entre octubre y abril, más de 65.000 turistas visitan el archipiélago.
La vida social resulta intensa pese al aislamiento geográfico, y el nivel de consumo refleja la prosperidad alcanzada durante las últimas décadas.
De los Kirchner a Milei
La política argentina es observada atentamente desde las islas.
Existe un fuerte rechazo hacia Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, cuyas administraciones impulsaron una política internacional de reclamo de soberanía y medidas destinadas a aumentar la presión sobre el archipiélago.
La llegada de Mauricio Macri fue percibida de manera diferente debido a sus políticas de acercamiento y a las conversaciones destinadas a ampliar las conexiones aéreas.
Ahora aparece un nuevo escenario con Javier Milei.
La cadena nacional en la que el Presidente anunció nuevas medidas relacionadas con Malvinas vuelve inevitablemente a colocar la cuestión en el centro de las conversaciones.
Argentinos frente a una realidad inesperada
Los visitantes argentinos describen frecuentemente una combinación de nostalgia, dolor y sorpresa.
Algunos son veteranos.
Otros son hijos de quienes combatieron.
Muchos llegan buscando cerrar heridas familiares que permanecieron abiertas durante décadas.
Mariano López, cuyo padre prestó servicios en el hospital de Puerto Argentino durante la guerra, explicó que su viaje representaba una forma de completar la historia que había conocido a través de los silencios paternos.
Pero también encontró algo que no esperaba: una sociedad económicamente autónoma y culturalmente muy distante de Argentina.
El odontólogo Óscar Álvarez resumió esa contradicción:
“El sentimiento es que las Malvinas son argentinas, pero vemos algo ajeno, claro”.
Su conclusión introduce quizás una de las preguntas más profundas del artículo: cómo construir un acercamiento con quienes actualmente viven allí sin abandonar el reclamo argentino.
Para Álvarez, buscar ese vínculo podría constituir incluso “un ejercicio sano de soberanía”.
¿Qué significa hoy reclamar Malvinas?
Los testimonios recogidos coinciden en describir una realidad inesperada.
Las islas experimentaron un importante desarrollo económico después de la guerra y sus habitantes no colocan necesariamente el conflicto de 1982 en el centro de su vida cotidiana.
Algunos kelpers sostienen incluso, según el artículo, que “la guerra los salvó”, porque el conflicto terminó desencadenando transformaciones políticas, militares y económicas que modificaron radicalmente la situación del archipiélago.
Y allí aparece la contradicción final.
Mientras en las islas existe una comunidad pequeña, económicamente próspera y culturalmente alejada de Argentina, a unos 14.000 kilómetros, Javier Milei volvió a colocar la soberanía en el centro de la agenda nacional mediante una cadena nacional.
“Las Malvinas son argentinas por historia y por derecho, no hay discusión al respecto”, afirmó el Presidente.
El anuncio de nuevas leyes y de una base naval volvió a dirigir la mirada argentina hacia el Atlántico Sur.
Pero detrás de las discusiones económicas, diplomáticas y políticas permanece una pregunta mucho más compleja: qué significa recuperar Malvinas cuando del otro lado existe una comunidad que construyó durante décadas una realidad propia y que no parece estar esperando a Argentina.
Tal vez allí se encuentre uno de los grandes desafíos futuros de la cuestión Malvinas: sostener el reclamo de soberanía y, simultáneamente, preguntarse qué caminos pueden reconstruir un vínculo humano con quienes viven en las islas.